lunes, 27 de abril de 2015

¡Feliz aniversario soledad!






"(...) Que raro que seas tú 
quien me acompañe, soledad, 
a mi, que nunca supe bien 
cómo estar solo."
Jorge Drexler 


"La soledad está subvalorada" leí alguna vez. La gente le huye como si fuera un castigo. Cambian sus rutinas, sus hábitos, sus creencias, sus gustos con tal de no estar solos. Aguantan hambre antes que ir a un restaurante a comer solos bajo las miradas de lástima de grupos de a diez porque eso socialmente está mal visto. Pero ¿quién soy yo para juzgar a quien le teme a algo a lo que temí por tanto tiempo?


La perspectiva después de todo cambia. Mi momento es el momento del espectador. Estoy aquí sentada viendo cómo transcurre el "nosotros" de los demás a través de redes sociales que bombardean a diario acontecimientos que implican estar en compañía (Facebook es un sólo álbum fotográfico de bebés y matrimonios). Los amigos de siempre se casan, tienen hijos, estrenan apartamento, deciden empezar una vida juntos. Están acompañados. Y yo, en mi posición de espectador no puedo más que celebrar sus vidas y desearles toda la felicidad del mundo. Y apago el computador y ahí estoy nuevamente. Sentada en el comedor de mi casa que tiene cuatro puestos, con un solo individual servido y una única copa de vino, brindado por la posibilidad de acabar un día más de vida. 

Tres años después de tener el corazón roto y de huirle a la soledad, me siento con ella en el desayuno, el almuerzo y la comida. Vamos a cine, a teatro y a comer helado. Estamos días enteros sin salir de la casa. Leemos, vemos series hasta que se acaban, bailamos, cantamos y bebemos hasta caer. Empacamos maleta y nos vamos a cualquier lugar porque viajar es lo que más disfrutamos. 

Y al ver todo esto concluyo que si tres años antes hubiera entendido lo que significaba la soledad, tal vez no habría llorado hasta que la glándula lagrimal se inflamara; ni hubiera abandonado tantos kilos; ni hubiera tenido tanto miedo de dormir en la cama que parecía infinita; ni hubiera evitado tanto el silencio de una casa en la que no había nada más que mi presencia. La soledad esta subvalorada, y aunque a veces agota, me ha enseñado que no es necesario compartir la cama con alguien para ser feliz. Que hay mucho que aprender de uno mismo y que para eso a veces no se necesita compañía. Que la vida puede ser compartida solo cuándo uno valora lo que tiene para entregar.


¡Feliz Aniversario Soledad!



sábado, 19 de abril de 2014

Conclusión No. 2: Las cosas cambian

Confieso que me aterra el cambio. Me aterra hacer las cosas diferente a como acostumbro hacerlas. Tomar una vía diferente a la circunvalar para ir al trabajo, el centro o la universidad, porque durante 10 años esa ha sido la ruta y si decido ir por otra voy a llegar tarde. O vestirme de otro color que no sea blanco y negro porque me voy a ver terrible y el mundo entero sabrá que es la primera vez que uso rosado o amarillo. Cambiar del cereal o de leche. Dormir en un hotel que no es el que siempre he reservado -así el mundo entero diga que el del lado es mejor. Todo lo que signifique cambio y la posibilidad de decidir algo diferente me trastorna, me enferma, me da miedo.

Hace tres años hablando con una gran amiga de cualquier cosa, llegamos al tema de los hijos. Yo no he sentido nunca ganas de tener hijos, así tenga un nombre definido en caso de que en alguna circunstancia el instinto maternal se despierte en mí. Mientras hablábamos, sentía la tranquilidad de estar conversando con un ser humano que pensaba igual que yo. Que para tener hijos hay que tener mucha plata, y que al fin y al cabo uno es muy egoista y a veces los hijos se convierten en una especie de barrera para lograr lo que uno siempre planeó y quiso para alcanzar el éxito. Mi amiga, que en ese entonces ya llevaba algunos años viviendo con su novio, pronunció un NO rotundo: "yo NO voy a tener hijos. Lo tengo claro", tal cual como yo lo recito ahora.

Hace dos meses que tengo ganas de escribir esta entrada porque me pasa últimamente que por más que yo quiera que las cosas no cambien, cambian. Y la historia de los hijos y la conversación con mi amiga viene al caso porque hace unos días, mientras esperábamos el almuerzo, ella se sentó a consentirse la panza de tres meses que ya se le nota mucho, y le hablaba con una naturalidad casi perfecta, de cosas que solo ella que ahora es mamá entiende. Y mientras la veía con mucha ternura porque la escena era realmente hermosa, pensaba que las cosas cambian todo el tiempo y que el "NO" rotundo y el "NUNCA" se pueden ir al traste.

Al final termina uno llegando a trabajar con vestido amarillo mientras los compañeros le dicen: "el que de amarillo se viste a su belleza se atiene"; comprándole regalos al sobrino que está por llegar y contando los días para conocerlo. Oyendo vallenatos una semana entera sin que fastidie. Saliendo con un ser humano normal que no necesita ser rehabilitado. Y volviendo a la casa de vez en cuando por la Av. 68 así la hora de recorrido sea pensar en lo rápido que hubiera sido llegar por la circunvalar.

 Las cosas cambian. Uno puede correr y rehusarse a que así sea; nada evitará que cambien.


jueves, 28 de noviembre de 2013

Estado: Soltera. Conclusión No. 1: El discurso.

Estar soltera: mi estado desde hace un tiempo. Porque creo que lo que llamaba amor, al final termina siendo una bonita experiencia de cómo dos humanos se fueron a jugar a la casita y quisieron ser adultos. Y el resultado de este estado, además de ver cómo van y vienen seres en mi vida, fue concluir que los hombres ganan un discurso por haber nacido, y lo usan hasta que mueren.

A veces me pregunto qué hace qué los hombres digan tantas estupideces y piensen que uno las cree. Porque el hecho de ceder y permitir muchas cosas, no significa que uno crea lo que dicen; terminar al final involucrado, emocionalmente jodido o enamorado, no resulta de creer en lo que dijeron, porque la consciencia del discurso, está. Es más bien un querer pretender cosas que no son, con personas que no son, en momentos no indicados. Yo creo que es más un asunto de terquedad.

Y cuando hablo del discurso me refiero a que, sin ser feminista, ni ninguna de esas pendejadas, las mujeres tenemos habilidades que los hombres no tienen; por ejemplo, recordar. Y es bien patético cuando después de 10 o 12 años de "vida amorosa", uno sigue oyendo los mismos cuentos, las mismas excusas y las mismas palabras, en diferentes hombres, de diferentes edades, tamaños y colores. "Por qué no llegaste antes a mi vida"; "yo te quiero"; "si te hubiera conocido antes, todo sería diferente"; "no eres tú, soy yo"; "no me preguntes nada porque me haces todo más difícil"... y otras tantas que seguramente usted que lee podría sumar al repertorio. El discurso es el mismo y en el año y medio que llevo sola, después de pretender jugar a la casita, lo he oído del hombre de 19, del hombre de 30 (viva la generación del 83), del hombre de 35, del de 28.

Y mientas dicen cosas, con cara de "yo de verdad te quiero", uno piensa las veces que le han dicho lo mismo, en circunstancias parecidas, y entiende que esas palabras tienen un sólo significado. Y mientras ellos siguen echando el cuento y disfrutando del "esta boba ya cayó", uno recuerda incrédulo que el crío de 19 -con el que se enredó un mes atrás- le dijo exactamente lo mismo que el 10 años mayor que ahora le habla.

A los hombres les entregan un discurso cuando nacen y lo repiten toda su vida. Siempre hay una boba que cae, y yo no me puedo salir del círculo, porque más de una vez he llorado mis ojos por culpa de algún "poeta". Después de eso queda disfrutar el discurso, y evaluar lo poco que vale un ser humano que en vez de ofrecer un buen polvo, ofrece una vida porque no tiene cómo más lograrlo. Si se tiene la habilidad para acceder sin perjudicarse, lo único que resta es aprovechar. Porque hay que convencerse de que "(...) uno viene al mundo con sus polvos contados, y los que no usa por cualquier causa, propia o ajena, voluntaria o forzosa, se pierden para siempre"1.
________

1. Gabriel García Márquez. El amor en los tiempos del cólera. 


domingo, 24 de noviembre de 2013

Volver

"Tengo miedo del encuentro
con el pasado que vuelve
a enfrentarse con mi vida.
Tengo miedo de las noches
que, pobladas de recuerdos,
encadenen mi soñar.
Pero el viajero que huye,
tarde o temprano detiene su andar.
Y aunque el olvido que todo destruye,
haya matado mi vieja ilusión,
guarda escondida una esperanza humilde,
que es toda la fortuna de mi corazón"
Carlos gardel. Volver. 


Hace un año celebraba que había pasado un mes sin llorar. Que la glándula lagrimal había vuelto a su estado natural, y que los días ya no eran eternos. Pase tres horas sentada en un sofá contándole a un desconocido en medio de las lágrimas que el problema no era el ser del planeta reptilia... era más bien un problema mío con mi vida. Repetí esta escena muchas veces y a esta altura perdí la cuenta.

Pasaron tantas cosas en lo que para mí resulta ser tan poco tiempo, que cuesta creer que está llegando el fin de otro año, y el corazón se repone de otras tantas desilusiones que ya no tienen que ver con el amor, sino con las relaciones y el convivir con las personas del mundo el general. 

Un año después de la tusa puedo decir que efectivamente, de amor nadie se muere. La cabeza está programada para olvidar, creo yo, y lo que alguna vez fue muy importante y produjo punzadas de dolor que parecían eternas, hoy solo son recuerdos de un momento del que uno no se siente protagonista. Volver al pasado y recordar, en sentarse un poco a reír de las patéticas escenas que en este momento uno nunca encarnaría; y tal vez la conclusión de que eso pase es que todo lo que la gente repetía en el momento en que uno pensaba que no había nada más; todas esas cosas que retumbaban como estupideces, todo eso que hacía el momento miserable porque "nadie me entiende, ni entiende mi dolor"; todo eso era cierto, y para entenderlo y saber cuan importante es ahora, hubo que tener paciencia y esperar a que el tiempo hiciera lo suyo. 

Hace más de un año no escribía. Y es que por más que quisiera estar lejos del estado que me lleva a hacerlo, las cosas, o más bien la vida, funciona como un ciclo. Al final siempre termino llegando al mismo lugar del que partí para entender nuevamente que debo salir de él. Lo bueno de todo esto es que nunca se sale de ese punto de la misma forma en que ocurrió la vez anterior. Siempre hay algo nuevo que da la seguridad que aunque la situación sea más grave, y aunque todo parezca más difícil, el camino para llegar al cierre, jamás será igual que el anterior. 

martes, 17 de julio de 2012

Emociones


"Son tantas ya vividas
son momentos que no olvidaré, 
detalles de una vida, 
historias que aquí conté"
La Derecha 


Últimamente me pasa que cada cosa que leo, oigo o veo me aplica y parece escrita, compuesta y hecha para mi. Todo coincide. Sin embargo, aunque cosas tristes, melancólicas, y a veces animadas han llegado a mi vida, no existe ninguna que después de todo me haga sentir mejor que ésta. 

Y es que durante un tiempo olvidé. Olvidé los motivos. Olvidé los desniveles que puede traer la tristeza. Olvidé que a veces, sólo a veces, desvarío. Olvidé que hay días en los que uno se despierta sintiéndose el humano más fuerte que está parado en este planeta, y se acuesta sintiéndose débil, vulnerable y envideado creyendo que fue el fin de todo: del amor, de la felicidad, de los buenos momentos, porque la vida seguirá eternamente cagándose en todo, todo, todo. Y entra el negativismo. El mañana no existe y revolcarse en el fango se convierte en la cotidianidad más cómoda, porque después de todo, está la costumbre. 

Hasta que un día de repente el panorama cambia. El desayuno para uno empieza a saber más bueno. Y cocinar vuelve a ser un placer. Y dan ganas de recuperar a los amigos, los de siempre, los que un día eliminaste de tu vida. Intentas que te perdonen. Y disfrutas 3 horas de cámara con Argentina o con Croacia, porque aunque a unas cuantas horas de vuelo, ahí siguen. Y vives. Y de vez en cuando lloras, y una que otra vez duele, pero aún así vives. Escupes pedacitos de tierra que te quedaron en la boca. Y la pregunta ya no es ¿por qué a mi? sino ¿y por qué no?. Y lo entiendes. Y amas ya no sólo a uno sino a muchos porque trajeron la grúa; te sacaron del fango. 

Y ya "no disfrazas el llanto". Y ves como "la tristeza parte". Y recuerdas que ya habías comido mierda, aunque la intensidad sea diferente. Y ya habías amado. Y también te habías aburrido de amar. Ya lo habías vivido todo y habías vuelto a ser feliz. Y por más que tratas, no recuerdas esa tristeza. Porque el olvido llega; y los momentos mueren; y las personas mueren. Y las cosas se desvanecen hasta que no queda rastro de ellas. Y los buenos días vuelven. Y así... 




viernes, 11 de mayo de 2012

Guión corto para un fin.

Guión escrito para un ejercicio en clase. Omitiré la instrucción. No está registrado, así que cualquiera puede tomarlo y hacerlo pasar por suyo, así se vea inútil. Asumo el riesgo.


EXT. PLAZA DE UN PUEBLO - DÍA.

ANTONIO, hombre de 63 años, se encuentra sentado en una banca en la plaza de un pueblo. El sol le impide abrir los ojos con facilidad. Se pone la mano encima de los ojos y levanta el brazo haciendo un gesto de saludo. RAMIRO, hombre de 68 años, se acerca caminando a paso lento, apoyándose en un bastón. Responde con su mano libre al saludo de ANTONIO.

                                                             ANTONIO
                                         ¡Eh Ramiro! Pensé que ya no venías

                                                             RAMIRO
                                                            (Asfixiado)
                            Ya va Antonio, tenme paciencia. Mira que estoy viejo.

RAMIRO se sienta en la banca junto a ANTONIO y apoya el bastón a su lado. Saca un pañuelo de su bolsillo y se limpia el sudor de la frente.

                                                             RAMIRO (Cont.)
                              He estado pensando en lo que me dijiste la otra vez
                              ¿todavía sigues con esa idea?

                                                           ANTONIO
                                      Más que nunca. Así todo es más fácil.
                                      Una naranja vieja y amarga no es apetecida
                                      ni deseada por nadie.

ANTONIO se para de la banca, camina hacia un árbol de mangos que está cerca y recoge uno que se halla en el suelo. Da vuelta y se sienta nuevamente en la banca.

                                                          ANTONIO (Cont.)
                                  Mira este mango. ¿Qué piensas cuando lo ves?

RAMIRO mira el mango, lo toma en su mano y le da vueltas frente a sus ojos.

                                                            RAMIRO
                                      ¿Pues qué pienso? Que me dan ganas de
                                        comérmelo.

                                                           ANTONIO
                                 Te lo quieres comer porque está amarillito y se ve
                                 dulce. Pero ¿qué pasa si está negro y golpeado?
                                ¿te dan ganas de comértelo igual?

                                                            RAMIRO
                                           Pues no.

                                                           ANTONIO
                                                           (Sonriendo)
                                 ¿Viste compadre? Me das la razón. ¿Por qué
                                 extender la estadía del pobre mango en ese pastal
                                  bajo el árbol si nadie va a querer llevarlo consigo?

RAMIRO mueve la cabeza en  señal de desaprobación. ANTONIO le pasa el brazo por encima del hombro y le da unas palmadas en la espalda.

                                                         ANTONIO (Cont.)
                                    Deberías ayudarme a botar ese mango en la
                                    caneca. Te juro que va a ser más feliz. Descansará.

RAMIRO mira al piso, toma su bastón y se levanta de la banca. Se para frente a ANTONIO

                                                          RAMIRO
                                       Avísame.

RAMIRO Se retira de la banca en la que ANTONIO queda sentado. ANTONIO lo ve desaparecer de la plaza.



jueves, 25 de agosto de 2011

El poder de las palabras

Las palabras son una herramienta útil que pocos conocen y pocos valoran. Muchos caminan por encima de ellas, las transforman, les dan otros significados. Otros, que generalmente entienden lo que significan, las usan como un arma y son conscientes de que no todo el mundo tiene la habilidad para utilizarlas.
Las palabras tienen un poder único; son capaces de transformar cualquier situación y de volverla plena, o simplemente de convertirla en un espacio de guerra. La gente consciente sabe que las palabras hacen daño, generan felicidad, crean grandes momentos y desarman a cualquiera que no esté preparado para responder. Saben que tienen un efecto y que dirigen un momento hacia el éxito, o hacia el completo caos. Los inconscientes, los que hablan por hablar, los que dicen incoherencias, los que usan las palabras sin entender su poder, pasarán por el mundo sin saber cuánto daño o felicidad causaron. Morirán en la suposición de que todo siempre estuvo bien.