A veces se acaba el día y uno se pregunta qué diablos hizo. Como siempre, se paró de la cama, se bañó (si acostumbra a hacerlo), desayunó (si su estomago recibe comida entre 5 y 7 de la mañana), se mamó una o dos hora de tráfico, trabajó (o calentó puesto), almorzó o embutió almuerzo (si su jefe se lo permite), volvió a trabajar, se mamó otras dos horas de tráfico, llegó a su casa, comió y se acostó a dormir para repetir la misma rutina al día siguiente.
Pero si intenta ver un poco más allá de estas actividades, que irremediablemente se han convertido en su vida, se dará cuenta que es imposible o poco probable encontrar alguna actividad que en la noche lo haga sentir emocionado porque hizo algo, así su día haya sido una correría y no haya tenido tiempo ni de ir al baño.
Llegar a la casa a comer techo, porque las actividades del día siguiente (que hará para que su jefe no lo bote) le impiden conciliar el sueño, es un panorama bastante oscuro y aterrador. La única conclusión que resulta de su encuentro con usted mismo es que falta muy poco para perder el control y matar a alguien (que probáblemente va a ser su jefe), porque será la única forma que le quede para sentirse vivo de nuevo. Y aunque esto sea una exageración, y en últimas termine tirando cualquier objeto a su alcance contra la pared y maldiciendo al culpable de sus desgracias (entre otras cosas por haberlo obligado a tirarse la pintura que se encontraba colgada en la pared), lo cierto es que una vez logre quedarse dormido, soñará con trabajo y al día siguiente se despertará para hacer únicamente lo indispensable; de lo demás ya nos olvidamos todos.
No lo olvide, mañana tiene que madrugar. Yo sé que es sábado, pero los 5 días hábiles que tiene la semana nunca serán suficientes.
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