Tercer noche de insomnio. La ansiedad se alborota y empiezo a sentir miedo. El mismo que siento siempre que sumo noches sin sueño, solo que esta vez la situación es diferente.
En la vida como la he vivido siempre, a medida que pasan las horas y empieza a oscurecer se me hace un hueco en el estómago. Incertidumbre. Va llegando la noche y con ella las posibilidades de que, como las noches anteriores, no pueda dormir. Se vuelve un círculo vicioso.
En el día 21 de aislamiento la situación es diferente. El sentimiento es aterrador porque los días se hacen eternos. He pasado por todos los estados de ánimo. Frustración, impotencia, rabia, tristeza, tranquilidad, angustia, tranquilidad, tristeza, incertidumbre, tristeza, rabia, frustración, impotencia, incertidumbre, incertidumbre, incertidumbre.
Me quedé, como todos, en la incertidumbre. He hecho lo necesario para sostenerme ahí sin colapsar. He disminuido considerablemente el consumo de redes sociales. No veo noticias (nunca lo he hecho), pasó días sin enterarme de los casos y los muertos. Cuando me entero siento unas ganas, casi siempre controlables, de llorar.
Preparo clase. Dicto clase. A veces sin éxito. Lo llevo con calma, “hago lo mejor que puedo”. Sigo, con poco aliento, invirtiendo tiempo en los proyectos que con infinita motivación arranque este año. Hay momentos en los que no se por qué lo hago. Chateo con las amigas; me rio con ellas. Hago ejercicio. A veces no quiero hacer nada y procastino. Paso los días en familia. Cocino. Lavo platos, más de lo que quisiera.
Tercera noche sin sueño. Hoy cumplo 32 años e imaginé todos los escenarios menos este. En medio de todo, solo puedo pensar en la fragilidad que nos caracteriza. En lo que nos cuesta adaptarnos. En la imposibilidad que tenemos para lidiar con nuestra cabeza y nuestros pensamientos y en la carga que eso genera, en cómo eso desequilibra el día. Reflexiono mientras anhelo quedarme dormida (la cabeza no para).
Pienso en la oportunidad que esto nos deja para empezar a ser empáticos y vivir esta vida desde la gratitud de poder levantarnos, de valorar esa acción que damos siempre por hecha y que en estos días se vuelve cada vez más difícil, pero que para muchos, por primera vez, empieza a cobrar sentido. Sentimos de cerca la posibilidad de que no sea un hecho, de que un día de estos no pase. Tenemos miedo.