viernes, 5 de agosto de 2016
Feliz cumpleaños Bogotá
Abandoné Bogotá con todo lo que significa abandonar. Vendí mi vida con la intención de no volver porque estaba hastiada de todo. Del caos, del tráfico, del desorden, de la mala educación, del hormonal clima. Me fui porque en algún momento, o de hecho en varios, sentí que no pertenecía. Y es que el sentimiento de no pertenecer pesa suficiente para decidir que vale la pena tirar todo al traste para encontrar el lugar, ese al que sí se pertenece. Maldije una y otra vez la falta de cultura, las dos horas de trayecto a cualquier lugar, la malicia indígena de la que tantos se sienten orgullosos y que a mi, aún hoy, me produce frustración.
Empaqué lo que pude en tres maletas y emprendí el viaje de mi vida. Y digo de mi vida porque nunca antes había deseado algo por tanto tiempo. Llegué a Barcelona con la imagen que me llevé ocho años atrás. El arte, la cultura, el orden, el mar, la arquitectura y la pasión por el fútbol viven la ciudad. Desempaqué los sueños y en medio de vivirlos descubrí cosas que, además de hermosas, venían cargadas de lecciones.
Porque es cierto, Barcelona sigue siendo la ciudad que ocho años atrás me robó el corazón y he vivido experiencias hermosas desde el día uno hasta hoy. Y todo hay que decirlo, camino tranquila por cualquier calle, a cualquier hora sin sentir que algo puede pasarme; y me parece lejos cualquier lugar que quede a más de veinte minutos en bus; y voy caminando siempre disfrutando de una ciudad que pareciera ser adolescente y que se rehusa a descansar; y obviamente al final del día desearía que todo lo anterior pasara en Bogotá.
Pero, y aquí vienen los peros y el tragarme un poco mis ganas de NUNCA MÁS VOLVER, entendí que en Barcelona o en cualquier lugar que no sea Bogotá me voy a sentir siempre como una invitada que después de un tiempo empieza a estorbar. Porque así nos quejemos del caos, del desorden, el tráfico, la inseguridad, la corrupción, la lagartería, el mal gobierno, y los demás puntos de la lista infinita de inconformidades, vivir fuera permite entender que de eso hay en todas partes, con la diferencia de que en Colombia soy un colombiano quejándome de algo que me incumbe -aquí encontré el sentido de pertenencia-, y en otro lugar siempre, siempre, seré un extranjero que apenas tiene derecho a opinar.
Porque por más nacionalidad, residencia, intento de acento, o ganas, nunca dejaremos de ser colombianos. Nunca, y seguramente por muchos años más, dejarán de relacionarnos con guerrilla, drogas y Pablo Escobar. Porque el mundo entero, pese a desconocer la realidad que vivimos y cómo ha sido nuestra historia, parece incapaz de superar una época que aunque ha costado, nosotros hemos ido superando.
Después vienen los sentimentalismos: extrañar a la familia, el perro, los amigos, y la amabilidad, la decencia y el buen trato de la gente. El por favor y el gracias. El poder preguntar sin sentir que cometo un crimen. El servicio al cliente. Una ciudad que madruga y esta viva desde temprano para cualquier cosa que pueda surgir. El frío y los días de lluvia. Mi vida.
Finalmente a esto último se reduce todo. A admirar a quienes estuvieron dispuestos a empezar de cero en otro lugar porque eso significa renunciar a todo: a lo muy malo, pero también a lo muy bueno de una historia y una vida.
Yo no tengo ni la valentía ni las ganas para hacerlo y con el corazón arrugado porque el sueño de vivir aquí y de muchos años fue bastante fugaz, volveré a Bogotá y le pediré perdón por haberla querido abandonar. Porque no bastó con quererla mandar a la mierda. Era necesario vivir otra realidad para entender que con todos sus problemas, es mi ciudad; ahí crecí y está mi vida. Y así, desordenada, fría y caótica la voy a seguir queriendo.
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