viernes, 7 de octubre de 2016

No, la tusa no es producto del NO del plebiscito.

Siempre he dicho que no hay mejor momento para escribir que cuando uno está mal. Escribir desde la tristeza es mucho más fácil que escribir desde la felicidad. Y en este caso, en medio de la frustración que me produce desde hace años mi profesión, y en medio de tener el corazón roto, voy a escribir desde la tusa.

Cuando decidí ser politóloga, quería estudiar porque pensaba en ese momento que entre más entendiera la situación del país, más posibilidades iba a tener para trabajar y hacer algo por cambiar lo que estaba y aún está mal en la cultura y la mentalidad de los colombianos.

Y es que todo se reduce a eso. A que los colombianos crecimos en medio del conflicto. Es lo único que hemos visto. Estamos acostumbrados a oír que hubo enfrentamientos entre el ejército y algún grupo armado. Que la cifra de homicidios subió frente al mismo periodo del año anterior. Que el desplazamiento forzado ha dejado a cientos o miles de familias tratando de conseguir con qué comer en un ambiente hostil. Y sin quererlo nos acostumbramos. Hemos disminuido la importancia de la muerte y el sufrimiento humano a una simple noticia del día. Nos volvimos una sociedad indolente, ciega, desconfiada. Y en medio de esta costumbre, nos enfermamos; perdimos la memoria.

Y no voy a hablar de "ustedes", ni de los "otros", porque yo hago parte del grupo. A medida que pasó el tiempo, cuando empecé a oír historias absurdas sobre la realidad de la guerra, cuando empecé a ver que en Colombia nos quedamos estancados en el pasado y que no avanzamos, entre otras porque la justicia desde su ineficiencia no nos ha permitido hacer memoria, perdí la fe y me convertí en eso, en un ciudadano más que poco aporta por la misma incapacidad de actuar.

La tusa de hoy no es porque haya ganado el NO en el plebiscito que buscaba refrendar el acuerdo de paz. La tusa está más relacionada con ver la incapacidad que tenemos como ciudadanos para reconocer que vivimos criticando lo que pasa en el país y no hacemos nada para remediarlo. Salimos a votar por los mismos tres que llevan años polarizándonos sin siquiera conocer qué proponen. Estamos tan ciegos, que ante una decisión tan importante como la que había que tomar el 2 de octubre, después de insultarnos unos a otros sin argumento, salimos a votar por algo que no conocíamos o conocíamos a medias. Los del SI y los del NO. Y seguimos permitiendo que el futuro de esto que llamamos patria, quede en las manos de los intereses políticos de los mismos personajes.

Aquí no se trata de idolatrar a Uribe o estar de acuerdo con Santos. Aquí se trata de rescatar la dignidad  y legitimar nuestro papel como ciudadanos.  Al final ni por ser uribista o por no serlo (porque en este país ahora se es o no se es, y cuando no se es entonces es igual a ser enemigo), nos van a eximir de asumir los costos de la guerra o los costos de la paz. Hayamos votado SI o hayamos votado NO, la responsabilidad seguirá siendo nuestra.

Entonces no, mi tusa no es producto del resultado del plebiscito. Mi tusa es producto del fanatismo ciego, de la desinformación a la que nos someten y nos dejamos someter. Es el resultado de no entender cómo los del SI se desbordaron en insultos, y los del NO están ahí sentados esperando que uno solo hable, en vez de tirarse a la calle con los del SI a exigir que se negocie algo que finalmente nos lleve a finalizar la guerra y con lo que la mayoría esté de acuerdo. Mi tusa no es producto del NO, sino del NO rotundo y la incertidumbre en que quedo el país después del domingo. El país de los del SI, los del NO, de los que por cualquier motivo no participaron, y de los que acaban de olvidar la paz, el SI y el NO, porque la selección Colombia ganó 1 a 0 en Asunción. Así somos.

viernes, 5 de agosto de 2016

Feliz cumpleaños Bogotá



Abandoné Bogotá con todo lo que significa abandonar. Vendí mi vida con la intención de no volver porque estaba hastiada de todo. Del caos, del tráfico, del desorden, de la mala educación, del hormonal clima. Me fui porque en algún momento, o de hecho en varios, sentí que no pertenecía. Y es que el sentimiento de no pertenecer pesa suficiente para decidir que vale la pena tirar todo al traste para encontrar el lugar, ese al que sí se pertenece. Maldije una y otra vez la falta de cultura, las dos horas de trayecto a cualquier lugar, la malicia indígena de la que tantos se sienten orgullosos y que a mi, aún hoy, me produce frustración.

Empaqué lo que pude en tres maletas y emprendí el viaje de mi vida. Y digo de mi vida porque nunca antes había deseado algo por tanto tiempo. Llegué a Barcelona con la imagen que me llevé ocho años atrás. El arte, la cultura, el orden, el mar, la arquitectura y la pasión por el fútbol viven la ciudad. Desempaqué los sueños y en medio de vivirlos descubrí cosas que, además de hermosas, venían cargadas de lecciones.

Porque es cierto, Barcelona sigue siendo la ciudad que ocho años atrás me robó el corazón y he vivido experiencias hermosas desde el día uno hasta hoy. Y todo hay que decirlo, camino tranquila por cualquier calle, a cualquier hora sin sentir que algo puede pasarme; y me parece lejos cualquier lugar que quede a más de veinte minutos en bus; y voy caminando siempre disfrutando de una ciudad que pareciera ser adolescente y que se rehusa a descansar; y obviamente al final del día desearía que todo lo anterior pasara en Bogotá.

Pero, y aquí vienen los peros y el tragarme un poco mis ganas de NUNCA MÁS VOLVER, entendí que en Barcelona o en cualquier lugar que no sea Bogotá me voy a sentir siempre como una invitada que después de un tiempo empieza a estorbar. Porque así nos quejemos del caos, del desorden, el tráfico, la inseguridad, la corrupción, la lagartería, el mal gobierno, y los demás puntos de la lista infinita de inconformidades, vivir fuera permite entender que de eso hay en todas partes, con la diferencia de que en Colombia soy un colombiano quejándome de algo que me incumbe  -aquí encontré el sentido de pertenencia-, y en otro lugar siempre, siempre, seré un extranjero que apenas tiene derecho a opinar.

Porque por más nacionalidad, residencia, intento de acento, o ganas, nunca dejaremos de ser colombianos. Nunca, y seguramente por muchos años más, dejarán de relacionarnos con guerrilla, drogas y Pablo Escobar. Porque el mundo entero, pese a desconocer la realidad que vivimos y cómo ha sido nuestra historia, parece incapaz de superar una época que aunque ha costado, nosotros hemos ido superando.

Después vienen los sentimentalismos: extrañar a la familia, el perro, los amigos, y la amabilidad, la decencia y el buen trato de la gente. El por favor y el gracias. El poder preguntar sin sentir que cometo un crimen. El servicio al cliente. Una ciudad que madruga y esta viva desde temprano para cualquier cosa que pueda surgir. El frío y los días de lluvia. Mi vida.

Finalmente a esto último se reduce todo. A admirar a quienes estuvieron dispuestos a empezar de cero en otro lugar porque eso significa renunciar a todo: a lo muy malo, pero también a lo muy bueno de una historia y una vida.

Yo no tengo ni la valentía ni las ganas para hacerlo y con el corazón arrugado porque el sueño de vivir aquí y de muchos años fue bastante fugaz, volveré a Bogotá y le pediré perdón por haberla querido abandonar. Porque no bastó con quererla mandar a la mierda. Era necesario vivir otra realidad para entender que con todos sus problemas, es mi ciudad; ahí crecí y está mi vida. Y así, desordenada, fría y caótica la voy a seguir queriendo.