miércoles, 18 de noviembre de 2015

Acepto que me señalen como MALA colombiana

Tengo 27 años. Desde que tengo memoria he vivido en un país azotado por el conflicto; un conflicto en el que han confluido todo tipo de actores y que ha dejado todo tipo de víctimas. Un conflicto que he visto desde la comodidad de mi casa y que nunca me ha tocado. Un conflicto que me llevó apasionadamente a estudiar lo que estudié porque tenía la convicción de que podía hacer algo para cambiarlo. 

Esto para hablar de los acontecimientos vividos desde el viernes pasado. Y no me refiero a lo que ocurrió en París, sino a la ola de comentarios llenos de odio y cargados de intolerancia que estallaron en las redes sociales de los colombianos con la misma furia con que estallaron los artefactos que acabaron con la vida de tantos en Europa. 

No entiendo en qué momento sentir compasión o repudiar un acto de violencia se convirtió en un tema de discusión, y no constructiva sino destructiva. No entiendo en qué momento las palabras e imágenes de solidaridad hacia la humanidad convirtieron a algunos colombianos en apátridas. No entiendo bajo qué circunstancias una situación que nace en un contexto completamente ajeno al colombiano, bajo parámetros que distan mucho de explicar lo que nuestro país vive desde hace más de 60 años, ha servido como argumento para atacar a quienes defienden y creen en la paz. 

Yo no puse una bandera de Francia en mi perfil de Facebook porque no me dio la gana de hacerlo, y sin embargo hoy públicamente me solidarizo con la humanidad; con los que sufren la guerra, con los que de verdad la viven o la han vivido, con las víctimas de mi país y de todos los países que han tenido que asumir las consecuencias de conflictos de todo tipo. Yo no escribí #prayforParis porque no creo en Dios, pero llevo desde los 16 años estudiando el conflicto en todas sus dimensiones y con todos sus efectos, y le he pedido a la vida por la estabilidad mental de la humanidad. 

Yo no he hecho ninguna de estas cosas pero respeto y valoro al que lo hizo porque fue su forma de mostrar su desacuerdo con una situación que en cualquier lugar del mundo es injustificable. Y estoy segura que esos de la bandera y del #prayforParis han llorado a los muertos que ha dejado el conflicto colombiano, aquel en el que ha reinado la misma intolerancia que se apoderó el fin de semana de las redes sociales hacia quienes siendo colombianos, repudiaron hechos repudiables. 

Yo no he olvidado a las víctimas del conflicto colombiano, ni he olvidado que el conflicto persiste. Al fin y al cabo estando lejos hay quienes se encargan de hacer comentarios para que nunca olvides que eres colombiano y violencia y guerrilla y narcotráfico. Pero hoy que justamente estoy lejos, viviendo la zozobra desde una nueva perspectiva, rechazo lo que pasó en Francia, en Turquía, en Siria, lo que viene ocurriendo en Palestina; me opongo a la violencia en todas sus manifestaciones. Si esto me hace menos colombiana, aceptaré ser juzgada con palabras de intolerancia por quienes viven de señalar mientras inmóviles ven a las víctimas del conflicto desde la comodidad de su casa y no hacen nada. 

domingo, 18 de octubre de 2015

De buenas personas debería estar lleno el mundo, pero no.



Recuerdo haber dicho muchas veces en diferentes conversaciones: "no entiendo como la gente es capaz de hacer esas cosas porque yo sería incapaz de hacerlas". Y cuando la he dicho me he referido a varias situaciones que sobrepasan mi entendimiento como matar, robar, mentir, engañar. Resumiendo: dañar al otro, pasar por encima de su existencia y reducirlo a nada. 


Y es que ocurren a diario cosas que entran dentro de este nivel y más que sorprenderme que pasen, lo que me aterra es que las personas buenas, de buen corazón, que no dañan a nadie y no tienen malas intenciones, caen una y otra vez. Y llegan entonces a mi vida historias de situaciones que terminan con el clásico "no puedo entender" y "una cosa es ser bueno y otra bobo". Pero lo que he concluido es que para un avión o un mal ser humano existe siempre una buena persona que confía y juzga las situaciones desde lo que está en condiciones de hacer a los demás. Podría ser ese tal equilibrio del que muchos hablan. 


A la buena persona no le pasa por la cabeza que lo van a robar o que lo están engañando, porque no existe, dentro de su escala de valores, un pensamiento dirigido a aprovecharse de alguien o a sacar ventaja de una situación. La buena persona parte del supuesto de que todos los seres humanos piensan y actúan de la misma manera. 


Y aunque de buenas personas debería estar lleno el mundo, lo cierto es que abundan los egoístas y los ventajosos que ponen su voluntad por encima de cualquier cosa y que son incapaces de pensar en algo más allá de su bienestar. 


Volverse desconfiado no va a ser nunca la solución contrario a los que piensan que "una cosa es ser bueno y otra bobo". Podría asegurar que las buenas personas nunca pasarán el límite que los transforme de repente en alguien diferente a quienes son; recaerán así intenten con todas fuerzas no hacerlo. Y al final, luego de haber comido mierda una vez más y de meditar días enteros eso que la vida les quiere enseñar y que termina siendo la respuesta al común "¿por qué a mi?", concluyen que prefieren quedarse en el lado de los buenos. Las malas personas, esos pobres diablos que seguramente nunca se coman la mierda que deberían comerse por ser como son, nunca, nunca, nunca alcanzarán la felicidad que se siente salir untado de mierda pero victorioso de una situación como las que acostumbran ellos a causar. Nunca. 

lunes, 27 de abril de 2015

¡Feliz aniversario soledad!






"(...) Que raro que seas tú 
quien me acompañe, soledad, 
a mi, que nunca supe bien 
cómo estar solo."
Jorge Drexler 


"La soledad está subvalorada" leí alguna vez. La gente le huye como si fuera un castigo. Cambian sus rutinas, sus hábitos, sus creencias, sus gustos con tal de no estar solos. Aguantan hambre antes que ir a un restaurante a comer solos bajo las miradas de lástima de grupos de a diez porque eso socialmente está mal visto. Pero ¿quién soy yo para juzgar a quien le teme a algo a lo que temí por tanto tiempo?


La perspectiva después de todo cambia. Mi momento es el momento del espectador. Estoy aquí sentada viendo cómo transcurre el "nosotros" de los demás a través de redes sociales que bombardean a diario acontecimientos que implican estar en compañía (Facebook es un sólo álbum fotográfico de bebés y matrimonios). Los amigos de siempre se casan, tienen hijos, estrenan apartamento, deciden empezar una vida juntos. Están acompañados. Y yo, en mi posición de espectador no puedo más que celebrar sus vidas y desearles toda la felicidad del mundo. Y apago el computador y ahí estoy nuevamente. Sentada en el comedor de mi casa que tiene cuatro puestos, con un solo individual servido y una única copa de vino, brindado por la posibilidad de acabar un día más de vida. 

Tres años después de tener el corazón roto y de huirle a la soledad, me siento con ella en el desayuno, el almuerzo y la comida. Vamos a cine, a teatro y a comer helado. Estamos días enteros sin salir de la casa. Leemos, vemos series hasta que se acaban, bailamos, cantamos y bebemos hasta caer. Empacamos maleta y nos vamos a cualquier lugar porque viajar es lo que más disfrutamos. 

Y al ver todo esto concluyo que si tres años antes hubiera entendido lo que significaba la soledad, tal vez no habría llorado hasta que la glándula lagrimal se inflamara; ni hubiera abandonado tantos kilos; ni hubiera tenido tanto miedo de dormir en la cama que parecía infinita; ni hubiera evitado tanto el silencio de una casa en la que no había nada más que mi presencia. La soledad esta subvalorada, y aunque a veces agota, me ha enseñado que no es necesario compartir la cama con alguien para ser feliz. Que hay mucho que aprender de uno mismo y que para eso a veces no se necesita compañía. Que la vida puede ser compartida solo cuándo uno valora lo que tiene para entregar.


¡Feliz Aniversario Soledad!