sábado, 19 de abril de 2014

Conclusión No. 2: Las cosas cambian

Confieso que me aterra el cambio. Me aterra hacer las cosas diferente a como acostumbro hacerlas. Tomar una vía diferente a la circunvalar para ir al trabajo, el centro o la universidad, porque durante 10 años esa ha sido la ruta y si decido ir por otra voy a llegar tarde. O vestirme de otro color que no sea blanco y negro porque me voy a ver terrible y el mundo entero sabrá que es la primera vez que uso rosado o amarillo. Cambiar del cereal o de leche. Dormir en un hotel que no es el que siempre he reservado -así el mundo entero diga que el del lado es mejor. Todo lo que signifique cambio y la posibilidad de decidir algo diferente me trastorna, me enferma, me da miedo.

Hace tres años hablando con una gran amiga de cualquier cosa, llegamos al tema de los hijos. Yo no he sentido nunca ganas de tener hijos, así tenga un nombre definido en caso de que en alguna circunstancia el instinto maternal se despierte en mí. Mientras hablábamos, sentía la tranquilidad de estar conversando con un ser humano que pensaba igual que yo. Que para tener hijos hay que tener mucha plata, y que al fin y al cabo uno es muy egoista y a veces los hijos se convierten en una especie de barrera para lograr lo que uno siempre planeó y quiso para alcanzar el éxito. Mi amiga, que en ese entonces ya llevaba algunos años viviendo con su novio, pronunció un NO rotundo: "yo NO voy a tener hijos. Lo tengo claro", tal cual como yo lo recito ahora.

Hace dos meses que tengo ganas de escribir esta entrada porque me pasa últimamente que por más que yo quiera que las cosas no cambien, cambian. Y la historia de los hijos y la conversación con mi amiga viene al caso porque hace unos días, mientras esperábamos el almuerzo, ella se sentó a consentirse la panza de tres meses que ya se le nota mucho, y le hablaba con una naturalidad casi perfecta, de cosas que solo ella que ahora es mamá entiende. Y mientras la veía con mucha ternura porque la escena era realmente hermosa, pensaba que las cosas cambian todo el tiempo y que el "NO" rotundo y el "NUNCA" se pueden ir al traste.

Al final termina uno llegando a trabajar con vestido amarillo mientras los compañeros le dicen: "el que de amarillo se viste a su belleza se atiene"; comprándole regalos al sobrino que está por llegar y contando los días para conocerlo. Oyendo vallenatos una semana entera sin que fastidie. Saliendo con un ser humano normal que no necesita ser rehabilitado. Y volviendo a la casa de vez en cuando por la Av. 68 así la hora de recorrido sea pensar en lo rápido que hubiera sido llegar por la circunvalar.

 Las cosas cambian. Uno puede correr y rehusarse a que así sea; nada evitará que cambien.